APRENDER A LOGRAR LA SINTONÍA FINA DEL CEREBRO

Autor Dr. Horacio Krell fundador de ILVEM

Jorge Luis Borges dijo que “somos lo que somos por lo que leemos” e Isaac Newton reconoció también herencias cuando admitió: “no soy un genio, estoy parado sobre las espaldas de gigantes”. Es muy duro aprender a los golpes de la propia experiencia. Hace millones de años transferimos la locomoción a las piernas. Las manos se liberaron para ejecutar las decisiones del cerebro. El rostro se aplanó y el ojo se convirtió en el órgano intelectual. Hace cinco mil años tallamos el alfabeto en el cerebro logrando una capacidad de comunicación que ninguna especie posee. En el siglo XV difundimos el saber con la invención de la imprenta. Según la ley 80/20 de Pareto, hay un 20% vital que produce el 80% de los resultados.
En el desarrollo humano la lectura es ese 20% tan valioso. Haciendo palanca sobre ella se potencian el intelecto y el rendimiento. La lectoescritura fue la primera tecnología genérica creada por el hombre y es indispensable para acceder a las tecnologías modernas. En el siglo XVII un sabio podía manejar todo el saber de su época. Con el crecimiento exponencial de la información hoy en día ya no hay sabios sino especialistas que no pueden leer, ni siquiera, lo que se publica sobre su disciplina por falta de tiempo.
El lector común desconoce cuál es su velocidad de lectura. Sabe cuándo empieza a leer un libro pero no cuándo lo terminará. No posee un pensamiento estratégico para alcanzar sus objetivos en tiempo y forma.
Hay fórmulas y tests que miden la velocidad. Evaluarla es la clave ya que lo que no se mide no se puede mejorar. El método tradicional de lectura obliga a realizar excesivas pausas y detenciones porque se lee del mismo modo como se escucha. Al interpretar la palabra escrita por su sonido, se la comprende recién al terminar de leerla. La lectura silábica es tubular porque enfoca el texto como si se mirara el mundo por un tubo: no se entendería nada. Hay técnicas para aprender a usar el campo visual central más reducido y nítido, y el periférico, más amplio pero difuso. Con ellas se enseña a leer por unidades de pensamiento en cada golpe de vista, es decir por frases con sentido propio. Entrenando la visión, se triplica la velocidad de lectura, la comprensión y la concentración. Saber leer es la clave … Pues leer cualquiera sabe.
La teoría de las inteligencias múltiples. Fue la que cambió la forma de medir la inteligencia -el IQ- o coeficiente intelectual. Confirmó que se puede ser inteligente de diferentes maneras. El enfoque clásico no hacía foco en la vocación como la inteligencia principal. Pero como dijo Séneca: no hay vientos favorables si no sabes a dónde quieres llegar. Tenemos un poder interior que el mundo conoce como empowerment y se convierte en poder inteligente (smart power) cuando conjuga el querer con la eficacia.
Acceder al querer implica armonizar la vocación, el talento y el mercado laboral.
No alcanza con saber lo que se quiere; sin conseguirlo el deseo se frustra. Lo mismo ocurre si la carrera se elige por imposición de la familia o de la sociedad de consumo, la que brinda un radar para imitar a ricos y famosos pero no la brújula del autoconocimiento. La inteligencia se bloquea también por carencias metodológicas. El filósofo Nietzche sugirió que los métodos son la mayor riqueza del hombre.
Hay que lograr una sintonía fina entre las capacidades que se poseen y los métodos que las potencian. En cambio el método de la fuerza bruta, (la letra con sangre entra), sólo provoca cansancio y con él la ley de los rendimientos decrecientes. Es mejor acelerar dominando las técnicas que optimizan el aprendizaje que dedicarle muchas horas de esfuerzo, en mal estado. Así se mejora el rendimiento y se gana tiempo libre.
Las inteligencias complementarias. Un primer desajuste es la desinteligencia emocional, la falta de correspondencia entre la vocación y las emociones que se experimentan en la actividad diaria. También se bloquea el querer por falta de imaginación, o por la bohemia: calentar la pava pero no tomar el mate.
El bloqueo estratégico consiste en no saber fijar metas; el que falla al planear planea fracasar. Otro error común es no saber ejecutar el plan. Son destrezas que deben entrenarse (aprender a aprender y a emprender).
Una virtud clave es la inteligencia social: implica elegir bien a los que nos acompañarán en la ruta de la vida. El capital social es la sumatoria de las relaciones productivas que se poseen. Podemos seguir enumerando inteligencias múltiples pero conviene saber que el verdadero “desarrollo” no es lo que tenemos sino lo que hacemos con eso, para poder convertir el espíritu en materia. Para que el genio que llevamos dentro no quede encerrado en la lámpara de Aladino, debemos poder crear ideas y llevarlas la práctica. Para lograrlo se necesita un coach. La educación es la industria pesada nacional porque fabrica los ciudadanos del futuro.
El procesamiento de la información. Son varias las etapas que se deben sintonizar para obtener un logro intelectual. La medición del resultado culmina con la capacidad de comunicar lo aprendido a nivel oral y escrito. Para llegar a eso la primera etapa es la percepción o ingreso de la información al cerebro. Las materias involucradas son lectura veloz y comprensiva, capacidad de escucha y destrezas en la observación.
Para poder exponer hay que contar con información, sin lectura no hay sobre que hablar ni escribir.
Para organizar el discurso primero hay que aplicar la ley de Pareto 80/20 para descubrir y sintetizar el 20% clave mediante métodos de estudio apropiados y crear mapas conceptuales que reflejen el orden del conocimiento (idea general, principales, complementarias, detalles). El paso siguiente de la sintonía fina es redactarlo, (redactar el discurso permite posicionar en la web lo que se hizo, poder repasarlo, mejorarlo, etc.). Luego hay que memorizar el discurso (mnemotecnia) y practicarlo (repetición activa es evocar mentalmente sin mirar el diagrama). En la comunicación oral conviene filmarse hablando para corregir los errores.
La oratoria tiene sus principios, además del trío: tema, auditorio, orador. Sobre el tema no hay que desviarse (aquí entra a jugar la concentración), lo bueno y breve dos veces bueno, etc. Sobre el auditorio (hay que estar atento a sus reacciones o feedback) . Sobre el orador hay que analizar su lenguaje corporal, su voz, los bastoncillos que desmerecen su exposición, etc. Como vemos la oratoria es la frutilla del postre pero para preparar el postre deben intervenir todos sus ingredientes, es decir las habilidades blandas.
No digas todo lo que piensas pero piensa todo lo que dices. Un escritor o un orador deben crear lo que van a decir sin copiar lo que leyeron. Debe ser capaz de fabricar ideas. Lo mejor para crearlas sistemáticamente es abrir tres páginas que lo van a acompañar toda la vida. Una es referida a las ideas. Debe anotar aquí todo lo que pasa por la mente referido a lo que le interesa. Cómo mínimo hay que generar y escribir al menos una idea por día, las ideas que no se registran vuelan y se las lleva el viento. Todos los días hay que releer las páginas. La segunda página recoge las relaciones productivas donde ser anotan  todas las personas que se recuerdan y las nuevas por conocer. El capital social muy importante para cualquier persona, aunque por ahora sea solamente un registro. De la relación entre ideas y contactos surge la tercera página, es la de los anteproyectos a analizar de donde saldrán los que se convierten en proyectos y luego en realidades.
Todo surgirá de las mejores ideas, las más fáciles de implementar, las más rentables y las más viables.
En todo momento es vital relacionar la inteligencia principal (vocacional) con las complementarias a saber: Emocional para saber administrar las emociones (alinear las emociones con la vocación mediante una correspondencia entre lo que se quiere y lo que se hace –estudio o trabajo-) .
Creativa (tener una buena idea por día, desbloqueando el hemisferio izquierdo racional y dominante). Suelen ocurrir en la ducha, en la cama, en el colectivo. Hay que registrarlas y descartar las malas ideas como las que tuvo el dueño de la gallina de los huevos de oro. El ser humano que tiene una idea pone un huevo de oro en su fábrica de ideas.
Estratégica. El bohemio calienta la pava y no se toma el mate. El que falla al planear planea fracasar. Hay que pasar las buenas ideas motivadoras a la casilla de Fábrica de proyectos.
Inteligencia social. Es administrar las relaciones sociales. Dime con quien andas y te diré quien eres. Hay que sumar todos los contactos en la hoja de fabricar relaciones productivas.
Inteligencia ejecutiva. Para que un plan funcione hay que ejecutarlo bien. Esto implica dominar y sintonizar todas las virtudes: Lectura veloz, audición, observación, método de estudio, memoria, concentración, oratoria, redacción, marketing personal y digital, inteligencia aplicada.
Inteligencia digital: implica sintonizar el sistema nervioso humano con el virtual para aumentar la potencia. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. El creador innovador es el mejor imitador de Dios en la tierra. Autoestima el capital invisible. Groucho Marx refleja en un chiste el déficit de autoestima: “Nunca me haría socio de un club que me aceptara como miembro”. La autoestima, invisible como otros valores, es un factor clave para sobrevivir y un activo económico en un entorno competitivo. Esta época de cambios demanda recursos psicológicos nuevos: donde había repetición se necesita innovación, donde regía la obediencia se pide independencia, donde existía la centralización ahora reina la delegación.
La autoestima responde a la pregunta: ¿me quiero mucho, poquito o nada? Si nada me quiero a nada me atrevo. Si mucho me aprecio asumo grandes proyectos. Como la mente tiene la capacidad autosugestiva de  transformar en acto lo que se decide a aceptar, aquello en lo que se cree se concreta como en la “profecía que se autorrealiza”, según la cual pensando que se puede o que no se puede, igualmente la creencia ocurrirá.
Por eso conviene poblar la mente de imágenes positivas. La autoestima es la convicción de que se poseen los recursos necesarios para alcanzar la felicidad y afrontar las dificultades.
El nivel actual de autoestima. Conocerlo es la clave para superarlo: por eso es importe investigar: ¿dónde estaba ayer, dónde estoy, dónde quiero estar, como haré para conseguirlo?
Tomar conciencia de la realidad evita reprimirla o negarla, implica abrirse a la información – la buena o la mala-, analizar sus causas, actuar sin esperar instrucciones detalladas, invertir en innovación, mejorar.
Aceptar el problema. Para resolverlo no basta con que esté al alcance intelectual y que se pueda hacer algo; hay que aceptarlo. Aceptar como uno es y conocer el deseo que lo mueve, es una buena base, porque si el querer es grande el obstáculo disminuye su tamaño. También se debe crear autoestima en los demás porque al hacerlo crece el capital social. Implica respeto, criticar con propuestas, no reprochar sino señalar las consecuencias del error y hacerlo siempre en privado.
Asumir la responsabilidad. Salir de la tentación de buscar culpables reconociendo las malas elecciones realizadas. Para que otros crezcan hay que aumentar y clarificar su campo de acción, premiar la iniciativa, sostener pautas de rendimiento.
Ser auténtico. Es defender lo que se piensa aunque no convenga. Para generar autenticidad en los demás se les debe permitir aprender de la experiencia, equivocarse sin temor, respetar el disenso, cambiar la cultura autoritaria, que cada cual pueda hacer lo que le gusta.
Tener un rumbo. Relacionar lo que se hace con lo que se pretende, ser proactivo y no reactivo. Para enseñar a lograrlo hay que otorgar poder de decisión y recursos, enseñarles a coordinar objetivos personales e institucionales y a comparar los resultados con las metas.
Ser congruente. Entre lo que se dice, lo que se hace y cumplir con los compromisos. Quien traiciona se traiciona. Predicar con el ejemplo, reconocer el error, alentar a que lo critiquen, fomentar la ética, evitar el haz lo que yo digo pero no lo que yo hago.
La autoestima es a la vez un capital individual y social. Por eso hay que incentivar los valores que la promueven en lugar de castigarlos o ignorarlos. Así los demás sabrán lo que en verdad nos importa y no lo que decimos que nos importa. Autoestima es alto rendimiento, es respeto y escucha, es evitar el miedo, es delegar y permitir el riesgo sin el doble discurso: “arriesgue pero no falle”, es reconocer los aciertos, es humanizar las relaciones, es que el aprendizaje continuo se convierta en una forma de vida.
Para motivar, hay que ganar la mente y el corazón. El culto al otro no consiste en tratarlo como uno mismo quisiera ser tratado, sino como él prefiere que lo traten. La suma de nuestra autoestima con la de aquellos a quienes ayudemos a poseerla, crea una fuerza poderosa: la autoestima generalizada. Proyectemos el concepto a lo social; piense cómo sería una sociedad donde todos sus miembros tuvieran muy alta su autoestima.
El cerebro no es una pieza perfecta como la mano que sustituyó a la garra del animal. La sintonía fina del cerebro implica la armonización de los instintos, las emociones y los pensamientos, es decir de las partes irracionales con las racionales a partir del descubrimiento del genio interior que todos traemos al nacer.
Al conocer al genio surge el empowerment o poder interior que para desarrollar la energía debe evitar los bloqueos y de ese modo convertir el espíritu en materia. Para eso no hay que dejar al cerebro en piloto automático o que crezca como la lechuga. El cerebro solo se desarrolla con educación.